La gestión de lo público se está convirtiendo en una tarea cada vez más compleja, a la vez que se multiplica el número de actores que intervienen en las políticas públicas y la capacidad de control o de información por parte del ciudadano. Hoy, más que nunca, los límites entre el sector privado, el público y la sociedad civil (ONG, fundaciones, etc.) se difuminan y llegan a confundirse.
En este ámbito, en el que lo único inmutable es el cambio, es donde se han ido introduciendo en las Administraciones públicas las técnicas de la dirección estratégica —mucho más extendidas en el sector privado—; si bien, su aplicación se encuentra, aún, en un momento incipiente y en ningún caso puede hablarse de su uso generalizado para la gestión de lo público.
Así, la dirección estratégica se está convirtiendo en un instrumento adecuado para la gestión de grandes y complejas organizaciones públicas, donde lo imperfecto, el caos y el cambio son características innatas a la organización. A través de la dirección estratégica, los gestores de lo público están consiguiendo algunos de sus objetivos, como orientar a la organización hacia la consecución de unas metas concretas, aumentar la eficiencia y medir el rendimiento de su organización, motivar a sus empleados en la consecución de un reto, colaborar con otros actores de un mismo sistema, etc. La dirección estratégica se ha erigido, en definitiva, como un instrumento multiobjetivo utilizado por los gestores para mejorar sus organizaciones y alcanzar los objetivos que persiguen con su gestión al frente de una administración u organismo público.


